lunes, 27 de febrero de 2017

No soy sádico

 Me gusta ver la sangre corriendo por su vagina cuando hacemos el amor. Me gusta que no le moleste que me guste, sino que le guste también. Me gusta correrle las manos de mi cuello cuando lo sujeta,
me gusta verlas por arriba de su cabeza, a veces, entrelazándose con las mías; me gusta cuando me grita al oído y me pide que la bese, mientras sigo, mientras no paro y no la beso
porque solo me concentro en sus pezones fríos,
rosados, tornándose rojizos por el roce, por las caricias fuertes,
esas que generan un súbito ruido. Me gusta tocarla fuerte, hacérselo fuerte,
que le duela tanto, que le guste tanto ese dolor; y también me gusta cuando su lengua, tibia,
se pasea por mis dedos, por mi pecho; por mi intimidad, subiendo y bajando, templando todo alrededor.
Siempre dejando el velador prendido, porque no puedo perderme de verle la cara
cuando la pone así como la pone, y cuando me da la espalda acostándose de una forma en la cama
que me deja tocarle las piernas y subiendo.
Y no me enferma, por mi cordura mental, pero me quiebra el ser,
me atormenta y me saca el sueño el pensar
que alguien más la pueda tocar
o lastimar, ¡porque no sabe dónde acariciarla!
No sabe los fantasmas del pasado que la atormentan cuando estamos en la cama
¡y yo lo sé! Los conozco porque yo mismo perseguí esos fantasmas para matarlos,
pero ella me dijo:
"Si los matás, no solo me va a perseguir su antiguo recuerdo,
sino ahora también su consecuente muerte".

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