martes, 2 de febrero de 2016

Se prenden y se apagan

Siempre me daba la mano
cuando veía
que mis ojos cambiaban
y los gestos de mi cara
se tensaban,
había pasado
tanto tiempo conmigo
pero tanto tiempo
que sabía todo,
conocía la rutina
de mi terror,
y esa primera vez
ella me dijo
"yo no quiero ser
otro de los monstruos
que hacen que
tus ojos no brillen más"
y me besó
en la primera arruga
que se me hace en la frente
cuando tengo miedo.

Ella fue
la que hizo
que dejara de intentar borrarme
las ojeras con lágrimas,
pero también
la que me hizo entender
que estaba bien llorar
aunque fuera hombre
y fue la que
salía conmigo
a la entrada de la casa
-o al patio de atrás-
a las 4 de la mañana
para ver que no había nada
y la que también
se quedaba sentada
en el inodoro del baño
mientras me duchaba
para decirme
cincuenta veces en seis minutos
que no había nadie mirándome
y la que aceptaba
que hablara con cinco personas
en la casa
aunque estuviéramos solos
y la que entendía
que a veces me iba
aunque me quedara a su lado,
pero ella nunca se iba.

Pero más que cualquier
otra realidad
que mi cerebro hubiera creado,
más que cualquier
cosa amenazante
que despertara mis sentidos
estando dormido,
lo que más me aterraba,
lo que más hacía que mis ojos
dejaran de brillar
y que los gestos de mi cara
se revolucionaran,
era el pensar
que ella un día
quizás se iría
porque yo soy prisionero de mi,
pero ella no lo es.

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